Pero son mucho más comunes los problemas de la conducta i/o del aprendizaje que no tienen una causa bien definida, aunque se sabe que dependen de una susceptibilidad genética. Al igual que los anteriores, tienen que ver con el desarrollo del sistema nervioso; pero no son enfermedades, puesto alguna de sus manifestaciones, en mayor o menor grado, las puede presentar cualquier individuo considerado normal. Su prevalencia es muy alta. En conjunto, están presentes entre el 10 – 20 por ciento de la población infantil o adulta. Los más conocidos, entre otros, son el trastorno de déficit de atención/hiperactividad (TDAH), la dislexia, el trastorno de Tourette y los trastornos del espectro autista. En estos casos no suele existe ninguna lesión cerebral; sin embargo están fuertemente influenciados por una susceptibilidad genética vinculada a variantes genéticas, algunas de las cuales están muy extendidas entre la población considerada normal.
Las enfermedades o síndromes son categorías. Se está enfermo o no se está enfermo. Algunos ejemplos son: la diabetes, una neumonía, un cáncer, la epilepsia o la enfermedad de Alzheimer. Las enfermedades y los síndromes tienen una causa específica (genética, infecciosa, traumática, tóxica, etc.).
Los trastornos del neurodesarrollo y muchos trastornos mentales, dependen de la interacción de varios factores, genéticos y/o ambientales. A diferencia de las enfermedades, no existe un límite entre lo que se podría considerar normal o anormal. Los criterios para hacer el diagnóstico han sido establecidos arbitrariamente y son revisados periódicamente. Los trastornos tienen un carácter dimensional, no son categorías. Cualquier individuo puede ser más o menos ansioso, más o menos inatento, más o menos hiperactivo. Tan normales son unos como otros. Sin embargo, cuando alguno, o algunos, de los rasgos cognitivos y/o conductuales se expresa en un grado que causa un malestar importante o limita los objetivos del niño o del adulto, merece ser tenido en cuenta para poder mejorar su calidad de vida y la adaptación al medio.
Artigas J. ¿Qué es un trastorno?. Perspectivas del DSM 5. Rev Neurol 2011; 52 (Supl. 1):S0-S69.
El trastorno de Tourette se define por la presencia de tics motores asociados a tics fónicos (tos leve, carraspeo, emisión de sonidos, etc.). La duración de los tics debe ser superior a un año, aunque pueden existir periodos de remisión temporal.
El trastorno de Tourette suele acompañarse de otros trastornos que repercuten en la conducta y/o en el aprendizaje. Las asociaciones más habituales al trastorno de Tourette, son el trastorno de déficit de atención/hiperactividad, la ansiedad y el trastorno obsesivo–compulsivo.
Los trastornos de espectro autista (TEA), también denominados trastornos generalizados del desarrollo, representan, en contra de lo que se acostumbra a pensar, un problema frecuente, que afecta alrededor del 0.6% de la población infantil. La característica básica es la existencia de grandes dificultades para establecer una relación social adecuada, sobretodo con los niños de la misma edad. Además, suelen haber problemas de lenguaje y comunicación, tanto en la capacidad de comprensión – expresión, como en el uso social. La tercera característica de los niños con TEA es la rigidez mental, objetivada por una precariedad en el juego imaginativo, por patrones de intereses restringidos y por una resistencia a los cambios.
El diagnóstico se basa en la identificación de los problemas nucleares y en la realización de pruebas psicológicas. La mayoría de veces no se requieren pruebas complementarias, más allá de un análisis de sangre para estudios genéticos.
En los TEA, el abordaje es muy diverso. Se trata de niños que se ubican en una franja que puede ir de un problema compatible con una vida escolar, laboral y familiar normal, hasta problemas muy severos que bloquean la interacción social.
Dentro del concepto de TEA, se incluye el trastorno de Asperger, caracterizado por un buen nivel de inteligencia y lenguaje, pero con fuertes dificultades para las relaciones sociales.
Esto quiere decir que, algunos niños, a pesar de tener una inteligencia normal o superior, tienen serias dificultades para aprender a leer y escribir. Estos niños fácilmente pueden ser víctimas de burlas, o verse sometidos a la exigencia de un esfuerzo al que muchas veces no pueden responder. Frecuentemente se sienten frustrados o deprimidos, aunque no lo expresen abiertamente. Por estos motivos no suele gustarles la escuela. No es raro que sean tachados de vagos, consentidos o dotados de poca capacidad de inteligencia. La peor consecuencia de la dislexia es la incomprensión de la cual son victimas una proporción considerable de niños disléxicos.
La simple comprensión del problema y la actuación centrada en el sentido común puede cambiar radicalmente la situación. Prácticamente todos los niños con dislexia alcanzan un nivel funcional de lectura, suficiente para manejarse en la profesión que elijan.
El diagnóstico se basa en la identificación del problema y la realización de un estudio psicológico. No es nada infrecuente que la dislexia esté asociada a otros problemas, especialmente al TDAH y a los trastornos del lenguaje. El tratamiento farmacológico del TDAH puede mejorar notablemente las habilidades para la lectura y la escritura.
El uso del ordenador y de los correctores ortográficos ha restado gran importancia al problema de la “mala letra” y de las “faltas de ortografía”.
El TDAH no es una enfermedad, por lo tanto no está determinado por una lesión cerebral. Las personas con TDAH, únicamente se diferencian del resto de individuos, en tener mayor dificultad para llevar a cabo tareas poco motivadoras y que requieren controlar los impulsos.
Generalmente es necesario realizar pruebas psicológicas que permitan excluir problemas distintos (por ejemplo, una discapacidad intelectual), que faciliten la identificación de otros problemas asociados, y que orienten la intervención y el pronóstico para cada caso concreto.
Es mucho más sensato confiar en un profesional con experiencia médica y psicológica en este campo que en intervenciones “alternativas”, casi siempre desprovistas de una sólida base científica.
La formación, en este campo, de los profesionales de la enseñanza es muy diversa. En algunos casos la comprensión del problema y el abordaje en el aula es excelente, lo cual se traduce en una clara mejoría en los problemas que el niño presenta; pero no es raro, que algunos profesionales ignoren – o “no crean” – en los trastornos del neurodesarrollo. La consecuencia que atestigua la falta de preparación del profesor es el empeoramiento de los síntomas y la acentuación del fracaso. Sin embargo, esta es una situación que mejora a grandes pasos debido al interés personal, desinteresado y muchas veces poco reconocido de un número cada vez mayor de maestras y maestros.
